Décadas atrás 24 o 36 disparos eran suficientes para ilustrar el relato que se conservaba en la memoria de quienes estuvieron involucrados en un suceso que por su importancia era, justamente, memorable. En la actualidad parecen ser insuficientes las comunes tarjetas de almacenamiento de 2 y 4 Gbs de información que recogen en imágenes paso a paso la vida de sus protagonistas. Plataformas como Facebook reciben al día un promedio de 250 millones de fotos nuevas en sus servidores1. La imagen parece haber perdido su sentido conmemorativo y pasar a ser un mecanismo para el reconocimiento y la
construcción de una identidad digital valiéndose de las redes sociales.
Los mayores de treinta, incluso los mayores de veinte años, podrán decir que sus fotos de infancia reposan en álbumes físicos cuidados con esmero por las familias. En oposición, los padres de hoy reúnen discos enteros de información con cada uno de los movimientos de sus pequeños; de igual manera los jóvenes y algunas instituciones mantienen un afán por documentar todo como prueba de aquello que se está viviendo. No sólo necesitamos que nos den “likes”, también pareciera que necesitamos validar nuestros relatos con la fotografía que respalda los hechos narrados.
Sobre la creación de memoria gráfica colectiva los trending-topics de Twitter ejemplifican cómo se crean y alimentan álbumes con el aporte colectivo de pics. Algunos de esos trends generan álbumes valiosos para mantener informados a sus seguidores en tiempo real. Las imágenes de una protesta social, de un grupo musical o de una campaña publicitaria se convierten en preferidas e incluso tienen sus propios métodos de organización y medición a través de sistemas como Twicsy2 que aglutina todos los trinos gráficos en relación con un trend y los retwittea aumentando el efecto de bola de nieve.
Así las cosas, en el momento en que la tarea de la memoria se le asigna a una aplicación de las redes sociales y se permite que, bajo su sistema de códigos y la parametrización que otros han hecho sobre lo que consideran significativo, sea ésta la que recuerde por nosotros, valide nuestras historias y cree nuestro retrato virtual formado por los cientos de imágenes que hemos publicado, es cuando debemos reflexionar sobre el lugar que damos a los dispositivos en la construcción de nuestra identidad.
La cámara digital pareciera ser una extensión del ojo y el cerebro humano. No hay un lugar público que se escape del reflejo de un flash que intenta capturar lo especial del momento. Incluso, en el ámbito privado, es cada vez más frecuente que la tecnología para la captura de imágenes gane terreno y llegue hasta los lugares más íntimos de nuestros hogares.
Lo que recordamos está cada vez más atado a lo que podemos mostrar a otros. La crisis de identidad de “somos porque estuvimos” se alimenta del autorretrato en el sitio y con las personas deseadas. Las imágenes en nuestras cabezas aparecen tan pixeladas como el producto del dispositivo con que las capturamos. La instantánea polaroid es ahora una aplicación en los teléfonos móviles que satura las redes con exclamaciones de “estoy”, “hago”, “veo, “soy”. Sin duda hay una transformación del papel de las imágenes y su relación con la memoria, esperemos que ésta no se pixele por completo.



