El mercado mundial se encuentra al otro lado de la pantalla y a través de las herramientas del comercio electrónico (nos) es posible aprovechar la comodidad, practicidad y cada vez, mayor seguridad de las transacciones para obtener más de lo que necesitamos. En medio de la oferta que aparece a cada clic, es posible cruzarnos con algunos productos y servicios apetecidos y perturbadores.
¿Compraría un hombre por internet? “Supermanket es el primer supermercado virtual donde las mujeres son las clientas y los hombres los productos”. En este sitio web el producto comercializado son hombres, quienes voluntariamente se registran bajo etiquetas de envase (apariencia), sabor (personalidad) y bonus pack (habilidades especiales). “Comprar no significa que se conviertan en tus esclavos (por el momento), sino que abres un canal de comunicación con ese hombre para conversar o invitarlo a salir”, continúa la descripción del sitio.
En este caso, la transacción no se cierra con dinero, sino con el establecimiento de una relación, bien sea de amistad o amorosa. El servicio funciona a modo de agencia romántica y su objetivo es facilitar el encuentro de personas con intereses similares, dándoles a las mujeres total poder de decisión sobre lo que 'comprarán'.
Según la teoría freudiana, los sueños son la representación de deseos reprimidos. Si trasladamos ese concepto al mundo digital podríamos decir que las pantallas contienen aquellos deseos, y de nuestra capacidad de negociación depende que podamos acceder a ellos.
En 2001, un ingeniero berlinés respondió a una solicitud por chat proveniente de un técnico en informática de Rotemburgo, luego de varias conversaciones los hombres encontraron un punto de interés común: el canibalismo. El segundo estaba interesado en conseguir a alguien que donara su cuerpo como alimento, el primero resultó ser esa persona.
El caso llegó a los estrados judiciales alemanes y el 'caníbal de Rotemburgo' se enfrentó a la justicia argumentando que su compañero de experiencia había aceptado explícitamente su futuro. Finalmente, fue juzgado por asesinato y sentenciado a cadena perpetua.
Aquí, la transacción digital tampoco implicó intercambio de dinero. Sin entrar en el debate moral o legal, tenemos que dos intereses complementarios se cruzaron en la red y cada uno encontró aquello que estaba buscando.
El afán por consumir hasta conseguir aquel ‘oscuro objeto del deseo’ parece estar atravesando su plenitud. Hoy nos es posible acceder a cualquier contenido, desde pornografía hasta el acontecer diario de una persona narrado por Facebook; comprar lo que se nos ocurra, sean nutrias bebé o seguidores de Twitter; y pagar con cualquier moneda, bonos de compra y hasta el propio cuerpo.
¿Compraría un hombre por internet?, ¿se ofrecería como producto en un mercado online? Tal vez la próxima vez que nos encontremos de paseo por las redes sociales nos detengamos a pensar, qué es lo comercializable en la era de la información.

