Hasta hace unos años, muchos más de los que se podrían imaginar, yo solía reusarme a utilizar un teléfono celular. La simple idea de ser ubicable en cualquier momento y lugar me parecía aterradora. El desagrado que me provocaba - y aún se mantiene -, estar en el cine y que la acción se rompa por el sonido de un teléfono, o en casos extremos, como sucedió con la Sinfónica de New York, que toda una orquesta tenga que detenerse ante el timbre de un celular simplemente me parecen inadmisibles aunque admiro a quienes pueden ser más flexibles con el tema.
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Aún no entiendo la fascinación que genera el hecho de hacer público en permanente el lugar donde uno se encuentra a través de ‘tags’ en Google Maps; tampoco comprendo la lógica de llegar a un lugar, tomarse una foto y ponerla a circular de inmediato a través de las redes sociales para que todos los amigos y conocidos puedan conocer al detalle nuestra vida personal… y eso que nací en los 80.
La convergencia es un factor decisivo en materia de movilidad. El reto de los diseñadores después del auge de Internet fue lograr desarrollar aparatos capaces de aprovechar la mayor cantidad de recursos on-line utilizando las redes Wi-Fi, 2G, 3G y 4G, y de Bluetooth. Sin la convergencia, la creación de una Sociedad de la Información presentaría un considerable retraso. Por ello, es necesario un marco flexible y equilibrado para su desarrollo, que favorezca la inversión y la aparición de nuevos servicios (Liikanen, 2003, Convergencia y Sociedad de la Información).
Con esta premisa en mente los desarrolladores que una vez fueron destacados por crear aparatos que permitían el envío de Fax, capturaban en pixeles imágenes fotográficas o lograban desarrollar un sistema de georeferenciación tuvieron que unirse y crear un único aparato que no solo las combinara sino que las ampliara y mejorara.
La convergencia está aquí. Si usted está leyendo esta columna a través de su BlackBerry y en simultánea suena el indicador que señala la llegada de un mensaje nuevo, tiene en sus manos la muestra de que el mundo es tan pequeño como el teclado que tiene en frente. Con una pantalla táctil de no más de 10cms de alto se puede hacer todo aquello que parece básico para la sociedad contemporánea: pagar las cuentas, hacer las compras, acceder a todo tipo de contenidos, establecer y mantener relaciones sociales… vivir.
En simultánea, y esa es la palabra exacta en este caso, gracias a los dispositivos móviles es posible estar “en simultánea” en dos, tres o todos los lugares del mundo con sólo dar clic en la misma pantallita. Esa es la ubicuidad, la facultad que le otorgan los nuevos aparatos a los seres humanos para estar en dos lugares a la vez. Manejamos el carro y resolvemos la tarea de nuestros hijos a la vez que revisamos la lista del mercado que nos envía de forma automática la nevera inteligente.
En paralelo, la convergencia y la ubicuidad son las características básicas de la Sociedad de la Información en donde la hiperconexión, la presencia global y la oferta conjunta de productos y servicios determina las tendencias y arrastra a los consumidores dentro el huracán envolvente del todo en uno y la disponibilidad permanente.
Un comentario común en la actualidad es que si se quiere tener un esclavo solo es necesario darle a un empleado promedio una BlackBerry. Lo lamentable es que realmente sucede. La pérdida de autonomía en relación con el aparato parece estar ganando la batalla. La crisis mundial que se desató durante el fallo del sistema de BB es prueba de ello.
Las personas dependen hoy más de los aparatos que ellos de nosotros. Los teléfonos inteligentes pueden incluir baterías solares que se auto-recargan. Siri, el asistente personal del iPhone, puede programarse para realizar tareas específicas sin necesidad de que el usuario las supervise. Los sistemas de televisión digital pueden sugerir, grabar y reproducir programas de acuerdo al perfil que han hecho de su usuario.
La convergencia resulta ser la panacea del universo digital. La economía mundial acepta la inclusión en bolsa de las redes sociales y los sistemas de información; su rentabilidad depende del grado de penetración en el mercado y éste se consigue en tanto ofrezca más servicios, con altos estándares de calidad y a precios razonables para el consumidor que busca resolver todas sus necesidades con un clic sobre la pantalla en cualquier momento y en cualquier lugar.
A veces intento desconectarme, olvidar el celular, no contar con internet móvil, dejar de recibir correos electrónicos los fines de semana, poder disfrutar de un día sin conexión… luego reviso la bandeja de entrada y me doy cuenta de que aún en medio de la cena existen asuntos por resolver que necesitan de un esclavo digital que los apruebe o rechace.



