Eliana Álvarez
Directora de contenidos
Corporación Colombia Digital
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¡Yo no era nomofóbica!
Estábamos en la despedida de soltera de Adriadne* en un bar al norte de la ciudad de Bogotá. Risas, copas, brindis, cócteles, anécdotas y ella, 'la chica del smartphone'. Y digo la chica del smartphone, porque en realidad su celular era parte de ella, de su vida. Difícil era lograr que en el tiempo que disfrutábamos fuera del trabajo ella dejara el aparato por al menos quince minutos. Quizás ya se le había vuelto manía, costumbre, hábito. Y esa noche no fue la excepción.
Lo dejaba por minutos en la mesa, volvía a la conversación, también reía, hablaba, pero luego sentía la pequeña vibración, aquella que le recordaba que no podía abandonar su aparato, y que frente a él lo demás pasaba a un segundo plano. Entonces, quedaba abstraída un rato de la realidad, mientras ponía atención a lo que pasaba detrás de esa pequeña pantallita. Después de que le reprocháramos su ausencia, lo dejaba y volvía con nosotras.
Eso fue hace 8 meses. Hoy la cosa es distinta. Quienes la conocen, dicen que ya está más controlada, que ahora, al menos guarda el celular en las reuniones y no está tan pegada a él. "Esos son picos que uno tiene en su carrera profesional. Ser dependiente de la tecnología y consumir grandes volúmenes de información", lo dice con toda la tranquilidad y la convicción de que aquellas escenas son parte del pasado.
Cristina Jiménez*, era una dependiente del celular. No porque ella lo supiera o dijera, si no por quienes lo notábamos. Ese apego se lo atribuye a la falta de un horario laboral para ese entonces. En consecuencia debía responder consultorías, atender mensajes de sus colegas o clientes, y atender lo que se movía en redes sociales.
"Las redes sociales me sirvieron mucho. Por mi especialidad en tecnologías de la información estaba al tanto de actualizaciones, informaciones que cambiaban todo el tiempo, mejores prácticas. También aproveché mucho los blogs que contenían información relacionada... me comunicaba en tiempo real y obtenía respuestas inmediatas". Y sí, puede que sus argumentos sean válidos, que necesitaba estar en el movimiento natural del ciberespacio, sin embargo, ese mar incontrolable de contenidos, tendencias y opiniones le resultaron difíciles de ignorar, en el poco tiempo que pasaba 'lejos' de los asuntos laborales.
Cristina terminó seducida por el auge de esta era digital. La Sociedad de la Información se caracteriza precisamente por el acceso a cualquier tipo de datos que tienen los usuarios y se vuelve un círculo vicioso cuando los mismos internautas los comparten en sus redes sociales, los masifican, divulgan y multiplican en cuestión de minutos. "Uno se va involucrando en ese tema de intercambiar información y conocimientos, se termina apegando a ese proceso tecnológico", lo asume sin ninguna culpa y como algo natural. El asunto no es mirar el celular por un par de minutos y enterarse de X ó Y noticia, el meollo viene cuando se vuelve algo incontrolable, desmedido y necesario al punto de generar dependencia.
Los expertos lo llaman nomofobia, definida como el pánico o estrés que sufre una persona al dejar, perder u olvidar su dispositivo móvil en casa, trabajo o cualquier otro lugar. Cristina no era nomofóbica, al menos eso dice ella. "No sé si es negación, pero no me consideré nomofóbica, quizás tuve principios, pero creo que en algún momento me di cuenta de la dependencia que me estaba generando el celular". Y lo notó cuando en repetidas ocasiones, sus familiares y amigos más que en 'son' de mamadera de gallo, le advirtieron que dejara por un momento ese aparato. El que le dio su madre, sí fue un regaño.
Ahora habla de un pasado y un presente. El antes, cuando no podía controlar su apego al smartphone, aún después del trabajo. Y hoy, cuando frente a un nuevo reto profesional y con un horario laboral fijo sabe que no puede distraerse en plena reunión por atender un simple 'llamado virtual'.
"O le pones vibrador, o lo pones en silencio o lo dejas a un lado. Aprendes o aprendes", se dice a sí misma. Tiene claro que son códigos de respeto, de escuchar al otro, de ponerse en el zapato ajeno y hasta de sentirse incómoda cuando alguien hace lo mismo que ella hacía. Antes, simplemente ignoraba ese tipo de 'pequeñeces', porque quería escapar de una conversación que no le interesaba o simplemente por estar ahí: en las redes sociales. Las razones a ese tipo de comportamientos van desde hobbies, ocio, interés o búsqueda de información. Varían de acuerdo al usuario y a la afinidad con las nuevas tecnologías.
Su rol es diferente ahora. Su rutina también es distinta. Ese cambio se lo debe a un nuevo contexto laboral y también a esos posibles efectos que vio, pero que quizás no reconocía del todo. No niega que las TIC están atadas a su trabajo y a su vida profesional, pero evidentemente sabe que debe separar una cosa de la otra. "Trato de dejar a un lado el celular, el computador".
Cambió todos esos 'aparatejos' móviles por leer un libro, ver televisión, salir a hacer deporte, compartir en verdad con sus amigos y familia. "Lo que he hecho es redistribuir mi tiempo". Y frente a las redes sociales, hoy ya perdieron el encanto para ella, son fiebres muertas, carentes de trama y emoción. Cada una con objetivos y públicos diferentes, pero igual, tanta saturación aburre.
*Los nombres fueron cambiados a petición del personaje.
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